No sé ni por qué estoy así
Con la espalda cuadriculada y la garganta desecha
Con la voz gorgoteando tristezas ajenas, no sé por qué estoy así
Mis ojos se me están escurriendo en la camisa, haciendo un desastre sin motivos
Los gritos están haciendo un nido en mi ombligo, en silencio, con la paciencia que nunca puedo invocar cuando me falta la nicotina y los suspiros se me escapan por la ventana
Y la música sigue tiñendo el aire de interrogantes, las manos hinchadas me pesan y tantean el contraste de la luz y el polvo, el que se crea cuando mis soledades son más que mis alegrías pasajeras.
II. Escozor.
Siempre odié la forma en la que los pájaros en las madrugadas
Invocan a la mañana que todavía no llega
En un aquelarre de noctámbulos y moribundos
Bailando al compás del los barcos en el puerto
Pero no los puedo culpar, ni nadie, y por eso los odio
Yo también quiero cantar pero para alejar al sol de mis persianas
Y crear una noche bíblica y eterna que me arrope mientras se me escurren los ojos
Y me fumo las páginas de mis historias de insomnio.
III. Lucidez momentánea.
Escribo poco y hablo mucho
Antes gritaba y ahora escucho
El murmullo del pitido en el oído cuando no hay nadie despierto
Excepto yo, acompañado de mi aliento.
IV. Agotamiento.
Me la paso encontrando espejismos en la cocina, espejismos de familiares que ríen y de platos limpios
En el desierto de mi casa encuentro espejismos vagabundos
Pidiendo limosna mientras se mueren, los mata el cáncer del presente
El mismo que ha hecho metástasis en sus pequeños pulmones hechos de pasado
Hay espejismos en el pasillo, de pasos fuertes y pies dormidos
Algunos están acurrucados en las esquinas, imitando los gemidos que empapelan las paredes
De vez en cuando veo la tierra prometida, en los oasis que han dejado las figuras de mujer entre mis edredones
En el baño hay una quebrada hecha de besos, de gritos contenidos
Que piden que los mate
Haciendo realidad mis impulsos profanos
En el desierto de mi periferia, entre las dunas de mis ojeras
Descubro a veces montañas a la distancia, construidas por un dios implacable.
V. Resignación (Nostalgia).
Cada noche que no cierro los ojos me doy cuenta de que tener miedo es agotador
Pero es que hay tanto que temer
Tantas manos que rozando mi espalda se han convertido en espectros
Fantasmas de los días en los que vi la felicidad con un rostro moreno, otro castaño, otro pálido
En fin, todos sonriendo
Le temo a los fantasmas que voy dejando en el suelo, mientras el pasillo de mi vida
Blanco y estéril por las mañanas
Se va tiñendo de gris al ritmo de mis suelas
Dejo escapar los ruiseñores que han hecho nido en mis libros usados
Por temor a que algún día se transformen en cuervos y me dejen el negro de sus plumas en los ojos y en el cuello
¿A dónde irá a parar el tiempo que pierdo cada mañana mientras intento regresar a mis adentros?
¿Tendrá un lugar favorito donde tomarse un cortado y resolver los sudokus que nunca entiendo?
A lo mejor es una cafetería que se parece al pasillo de mi vida
Verde y marrón por las tardes
Donde atienden mis viejitas, Chela hace el café mientras Dolores atiende las mesas
Y Edelmira mira de reojo las noticias con una cacerola negra enfriándose, suspirando por los recuerdos de su querida Venezuela
Y los clientes son las batallas de juguetes con mis hermanos, las pelotas que se me perdieron en los charcos, el corazón que una tarde se desprendió, cayéndose en mi mano y lo lance por la ventana del carro
Para ver si se iba volando
A lo mejor mi niñez se está comiendo un bocadillo de tortilla con queso, acariciando la copia de crimen y castigo que me dejó mi padre cuando todavía podíamos entendernos
Seguro están también los fantasmas de mis fracasos bebiendo desde temprano para olvidarse de sí mismos
De la cerveza al ron, del ron al vino, de los labios de las fulanas hasta la habitación de algún escondrijo
Van rompiéndolo todo, mientras se rompen las manos con los cristales del piso
Y si esa cafetería onírica existe debe tener el peor baño de todos
No por lo sucio, sino por lo incómodo
Para llegar habrá que perderse
Por un corredor estrecho, de los mismos colores marchitos que tiene el de mi mente
Negro y rojo por las noches
Con luces fluorescentes
Que ahondan las cicatrices y las marcas de acné indelebles
Y aunque todo funcione, haya papel, un secador y un desodorante potente
El final de mis pasillos, ese baño incoherente
Tiene un espejo dorado que en realidad es una pantalla absorbente
Donde se proyectan películas en las que es feliz hasta el hombre más corriente
Donde todo sobra, donde no hay misterios y las ilusiones se convierten en tangentes
De una realidad que es creíble pero se aleja inconscientemente
Ahí tengo mi tiempo, atrapado en un baño, mirando un espejo que refleja mis fantasías inertes. Intermitentes. Incongruentes. Impertinentes.
Dejo escapar los ruiseñores que han hecho nido en mis libros usados
Por temor a que algún día se transformen en cuervos y me dejen el negro de sus plumas en los ojos y en el cuello
¿A dónde irá a parar el tiempo que pierdo cada mañana mientras intento regresar a mis adentros?
¿Tendrá un lugar favorito donde tomarse un cortado y resolver los sudokus que nunca entiendo?
A lo mejor es una cafetería que se parece al pasillo de mi vida
Verde y marrón por las tardes
Donde atienden mis viejitas, Chela hace el café mientras Dolores atiende las mesas
Y Edelmira mira de reojo las noticias con una cacerola negra enfriándose, suspirando por los recuerdos de su querida Venezuela
Y los clientes son las batallas de juguetes con mis hermanos, las pelotas que se me perdieron en los charcos, el corazón que una tarde se desprendió, cayéndose en mi mano y lo lance por la ventana del carro
Para ver si se iba volando
A lo mejor mi niñez se está comiendo un bocadillo de tortilla con queso, acariciando la copia de crimen y castigo que me dejó mi padre cuando todavía podíamos entendernos
Seguro están también los fantasmas de mis fracasos bebiendo desde temprano para olvidarse de sí mismos
De la cerveza al ron, del ron al vino, de los labios de las fulanas hasta la habitación de algún escondrijo
Van rompiéndolo todo, mientras se rompen las manos con los cristales del piso
Y si esa cafetería onírica existe debe tener el peor baño de todos
No por lo sucio, sino por lo incómodo
Para llegar habrá que perderse
Por un corredor estrecho, de los mismos colores marchitos que tiene el de mi mente
Negro y rojo por las noches
Con luces fluorescentes
Que ahondan las cicatrices y las marcas de acné indelebles
Y aunque todo funcione, haya papel, un secador y un desodorante potente
El final de mis pasillos, ese baño incoherente
Tiene un espejo dorado que en realidad es una pantalla absorbente
Donde se proyectan películas en las que es feliz hasta el hombre más corriente
Donde todo sobra, donde no hay misterios y las ilusiones se convierten en tangentes
De una realidad que es creíble pero se aleja inconscientemente
Ahí tengo mi tiempo, atrapado en un baño, mirando un espejo que refleja mis fantasías inertes. Intermitentes. Incongruentes. Impertinentes.
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